Crítica: “Maravillas”

por Francisca Allende Celle

Valiéndose de la innovadora forma narrativa con la que dio vida a “La invención de Hugo Cabret” (2007) y que lo llevó a permanecer por más de 42 semanas en la lista de los bestseller para niños elaborada por el New York Times, el escritor e ilustrador estadounidense nos invita –en esta oportunidad– a reparar en las maravillas que, ocultas a simple vista, impregnan cada momento de nuestra existencia.

Publicada en septiembre de 2011 en Estados Unidos bajo el título Wonder Struck y editada en Chile por Ediciones SM, “Maravillas” es una obra que promete -precisamente- maravillar. Si bien el ejemplar cuenta con más de seiscientas páginas de extensión, la lectura del relato se vuelve rápida debido a que 460 de dichas hojas corresponden -realmente- a ilustraciones.

El libro de las maravillas

banner maravillas1Resulta imposible ignorar un libro tan llamativo y fascinante pues, independientemente de las críticas literarias que el lector pueda esbozar luego de su lectura, el diseño en tapa dura con sobrecubierta de la edición de “Maravillas” es –sin duda– impresionante. Combinando el azul, el blanco y el dorado, el libro no sólo se roba las miradas de grandes y chicos, sino que -también- hace que los otros ejemplares de la librería resulten –a lo menos– algo deslucidos u opacos.

Tras el resplandeciente título del libro, que con letras doradas en relieve cruza verticalmente la portada, un rayo horada el cielo nocturno tal como si pudiera rasgar en dos aquella nebulosidad cerúlea que impregna la cubierta del ejemplar. Sin embargo, aquel aspecto más fastuoso de la obra cambia en el momento en que se voltea la portada y Selznick nos introduce a su pequeño universo de blanco y negro.

En una de las primeras páginas, antes de dar inicio a la obra y tal vez como preludio de la misma, puede leerse la frase del escritor estadounidense Gregory Maguire: <<Tarde o temprano, a todos nos alcanza el rayo>>.

Dos historias

En “Maravillas” encontramos la narración –en forma paralela– de dos historias que se presentan ante el lector como anécdotas independientes la una de la otra. Mientras una trama es desarrollada mediante el texto y las palabras, la otra se desenvuelve a través de las secuencias de ilustraciones que Selznick intercala acertadamente entre el relato escrito de la obra. “Pensé que podría ser interesante tratar de contar dos historias diferentes: una que tiene lugar en 1977 y está contada con texto, con palabras, como un libro normal; y otra que tiene lugar cincuenta años antes, en 1927, y que está narrada íntegramente con imágenes”, mencionó Selznick al respecto.

La historia que es relata de manera convencional tiene lugar en 1977 y da cuenta de las aventuras de Ben, un niño que decide emprender la búsqueda del padre al que nunca conoció. Aquella narración se ve interrumpida -o más bien enriquecida- por el relato gráfico de la segunda línea argumental de la obra: las ilustraciones del libro que narran el viaje de Rose, una niña sorda que sigue muy de cerca los pasos de una actriz llamada Lillian Mayhew.

Ambos niños terminan huyendo solos a Nueva York con el anhelo de que sus vidas adopten un nuevo rumbo. Durante su incursión, los dos pequeños utilizan las mismas herramientas para intentar comunicarse con las atropelladas multitudes de la Gran Manzana: el lápiz y el papel. Esta coincidencia se explica debido a que Rose padecía sordera desde su nacimiento, mientras que Ben había quedado recientemente sordo tras haber sido golpeado por un rayo.

Así, mientras Ben confía en que un viejo marca páginas le ayudará a descifrar el misterio sobre la suerte de su padre y Rose se aferra al álbum de recortes donde afanosamente recopilaba las apariciones en la prensa de una bella actriz, los dos niños –al igual que los héroes griegos de la antigüedad– emprenden un viaje en el que intentarán encontrar su lugar en el mundo y en el que llegarán a oír las maravillas que les depara el destino, a pesar de que sus oídos fuesen incapaces de captar sonido alguno.

portada maravillas1Los storyboards de Selznick

A través de una secuencia compuesta por diez páginas de ilustraciones, Selznick da inicio a un relato que pareciese representarse vertiginosamente ante los incautos ojos de los lectores: sin previo aviso, una manada de lobos aparece corriendo en medio de un paisaje nevado y comienza a aproximarse peligrosamente hacia el público lector al avanzar las primeras páginas.

Las ilustraciones del autor estadounidense, tal como si se tratasen de verdaderos fotogramas de películas, se suceden realizando un zoom in a una de las bestias. Sin embargo, en el momento en que el lector posee la certera impresión de que, en cualquier momento, podrá sentir el vaho de la briosa respiración del animal en su rostro, la secuencia se detiene para dar paso a la narración mediante palabras.

Aunque las ilustraciones representan una historia paralela a la que se narra en palabras, Selznick consigue -con éxito- que el lector retenga entre sus dedos el hilo conductor del relato. Las imágenes, las secuencias y los fundidos a negro, constituyen -en realidad- un segundo hilo de Ariadna que nos guía por el laberinto conformado por a obra. Ambas narraciones, la gráfica y la escrita, se complementan durante el desarrollo de la historia, para –finalmente– confluir en un final enternecedor.

“Cuando el lector lea este libro, cuando lo abra y vea las ilustraciones y lea la historia, y compruebe que se unen, espero que pueda sentir el amor que yo sentí por todos esos elementos y por los personajes”, reflexiona Selznick.

La caja museo

Junto con ofrecer un vistazo a las dificultades y desafíos con los que deben lidiar las personas que padecen de sordera, la obra de Brian Selznick rescata la función histórica-social que desarrollan los museos, concibiendo a estos últimos como guardianes de inestimables memorias y describiéndolos como grandes cajas contenedoras de las más insólitas colecciones de maravillas. “Un museo es una colección de objetos dispuestos de forma que nos cuenten una historia maravillosa”, se menciona en la novela gráfica del estadounidense.

La temática de los museos comienza a infiltrarse en la trama del libro de la mano de Ben, el protagonista de la historia que es narrada mediante palabras. Es él quien -desde un inicio- manifiesta su pasión por recolectar y coleccionar determinados objetos, teniendo la precaución de guardarlos -cuidadosamente- en una cajita de madera. Es Ben quien -también- descubrirá “un librito azul con las cubiertas rugosas por el tiempo” que lleva por título Maravillas.

A través de la lectura de ese libro -que Ben encuentra hurgando entre las pertenencias de su madre fallecida- el lector se entera de la existencia de los denominados “gabinetes de maravillas” o “de curiosidades” que habían sido creados hace siglos con el fin de resguardar las primeras colecciones. “Aquellos armarios, tallados con primor, estaban cuajados de portezuelas, cajones y compartimentos secretos que albergaban una variedad casi infinita de piezas asombrosas (…) algunas de esas colecciones crecieron hasta tomar posesión de habitaciones enteras”, nos cuenta el libro “Maravillas” que encuentra Ben en un cajón de su madre.

Aunque los mencionados gabinetes de maravillas podían -a menudo- resguardar piedras, fósiles, diamantes, joyas y los más curiosos artefactos, dichos “museos de curiosidades” podían -al mismo tiempo- albergar aquello que resultara “maravilloso” sólo para para una persona determinada. De esta forma, de acuerdo al autor, el carácter de la colección dependerá inevitablemente del juicio del coleccionista y, al mismo tiempo, todo aquel que se entregase a la tarea de elaborar aquellas cuidadas selecciones -que hablasen de alguna maravilla- podría ser llamado museólogo.

 Selznick deja suspendidas entre sus páginas todas estas ideas, dejando que los lectores vislumbren algunas de las reflexiones que brotan ingrávidas desde su texto. El autor, de forma sutil, zarandea nuestros sentidos y nos incita a valorar las maravillas que nos rodean.

Los museos, las bibliotecas y todos los otros templos de grandes colecciones, son enormes gabinetes de maravillas presentes en nuestras ciudades. En ellos atesoramos recuerdos, damos vida al pasado y nos deslumbramos ante los objetos cuidadosamente preservados. Sin embargo, existen colecciones más pequeñas, más personales, más sobrias, que nos acompañan día a día sin que -tal vez- reparemos siquiera en su existencia.

Un baúl con juguetes de la infancia, una caja con cartas del ser amado, una colección de vinilos o, como Ben, una caja-museo en la que colocamos nuestras más valiosas pertenencias; estamos rodeados de gabinetes de maravillas e, incluso, puede que nosotros mismos constituyamos el más extraordinario de aquellos gabinetes.

“Cualquiera que haya alzado la mirada para contemplar un esqueleto de dinosaurio, que haya visto un diamante gigante o se haya detenido ante algún prodigio de la naturaleza –como una flor carmesí brotando de las grietas de una acera, por ejemplo- conocerá esa sensación de maravilla”, señala el libro Maravillas que aparece en la obra.

La fórmula Hugo Cabret

Hay que recordar que la anterior producción de Selznick alcanzó el éxito cuatro años después de su publicación, cuando Martin Scorsese decide llevar el libro del estadounidense a la pantalla grande.  Esto produjo que, en el 2011, el público lector redescubriera la novedosa propuesta del talentoso escritor e ilustrador.

“La invención de Hugo Cabret”, al igual que “Maravillas”, presentaba un marcado carácter cinematográfico. Técnicas propias del mundo del cine eran aplicadas magistralmente en las ilustraciones desplegadas en el libro, cautivando a un público que parecía embobado ante la reproducción de aquella verdadera película muda en blanco y negro.

A raíz de la innovación de Selznick, muchos postularon a Hugo Cabret como una obra de naturaleza híbrida. Novela gráfica, álbum ilustrado, storyboard o novela ilustrada, son términos que surgían cuando se intentaba describir a “La invención de Hugo Cabret”.

Hoy, con “Maravillas”, Selznick reproduce aquella fórmula en que las ilustraciones –sin la ayuda de viñetas y formando verdaderas secuencias cinematográficas– relatan una historia que el lector concatena al ir pasando las páginas, reservando el texto para la narración de aquellos hechos que no están siendo narrados gráficamente. En otras palabras, las palabras no son utilizadas para describir las imágenes de la obra ni las ilustraciones son incluidas para complementar el relato escrito de la misma: aunque cada recurso (la escritura y la ilustración) da forma a una historia diferente y dichas narraciones se despliegan -en forma paralela- a lo largo del libro, los dos relatos terminarán por confluir de las maneras más insospechadas.

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